sábado, 5 de marzo de 2011

Oídos sordos a “la voz dormida”.


Hoy los cantautores están tan apáticos como la sociedad, ya sólo le cantan al amor. Aunque soy más rockerilla, hay una canción de Ismael Serrano que me gusta “Papá cuéntame otra vez”, cuando la escucho no puedo menos que recordar las historias de sobremesa del abuelo adoptivo Manolo, cuyo nombre me recuerda otra canción inolvidable de Serrat "Se llamaba Manuel, nació en España, su casa era de barro, de barro y caña". Tendré que visitarte pronto antes de que mis oídos se cierren y tu voz se duerma.

Abuelo, no me cuentes nada.

No me relates ese cuento en el que, a pesar de la derrota, mantenías tu mirada fija en unas nubes vestidas del mismo gris que el uniforme represor, deseando que, de una vez por todas, estallaran en llanto para dar paso al azul del cielo. Yo no soy Momo, y no tengo tiempo para emplearlo luchando contra los hombres grises.

No me digas que hubiste de resistir contraataques muy rabiosos y que nada pueden bombas donde sobra corazón. Mi corazón solo es un órgano que, con su ininterrumpido tic-tac me recuerda que el tiempo pasa y que no dispongo de una eternidad para escuchar tus batallas.

No me hagas partícipe de tu indignación porque eliminan de nuestras calles las estatuas de oxidados dictadores, cuya vejez amargasteis. No sé, ni quiero saber, sobre cuántos cadáveres paseó sus bruñidas herraduras. Me desagrada solo imaginar el sonido de huesos al crujir.

No me regales trece rosas. Tampoco claveles portugueses si no quieres que lo único que revolucionen sea el centro de mi mesa o un rincón inhóspito en el que se marchitarán sin que
apenas aprecie su aroma.

No me hables de la “voz dormida", ni de Hortensia, la mujer que iba a morir; de interrogatorios en alfombras de garbanzos que hacen sangrar las rodillas, de tu exilio a un país extraño, de tu vuelta al exilio de nuestros montes, de tu esperanza herida, del amargo de la traición, de largas melenas de mujer rapadas, de vientres en flor fusilados. El granizo también cae sobre los prematuros almendros, la flor muere y el fruto no nace.

Hoy no me puedes preguntar por quién doblan las campanas. No lo sé. Desde luego, no lo hacen por mí. La muerte de cualquier hombre no me disminuye, porque no estoy ligada a la humanidad más que en relación simbiótica; y por consiguiente, nunca más me preguntes por quién doblan las campanas. Porque soy una isla completa en sí misma, y más emergente cuánto más sumergida se encuentre otra. No intentes dinamitar mi conciencia como si fuera el puente del enemigo.

Porque tras tanta barricada al final de la partida no pudisteis hacer nada, todo lo que se soñaba se pudrió en los rincones cubriéndose de telarañas, como tus ojos... Queda lejos aquel mayo, queda lejos aquel París y los días de vino y rosas... “Coged las rosas mientras podáis, largos no son los días de vino y rosas, de un nebuloso sueño surge nuestro sendero, para perderse en otro sueño”.

Es una pena que el olvido nos depare la repetición de la historia. Nos haga perdedores antes de darnos, siquiera, la oportunidad de luchar. Panem et circenses, la ignorancia de por medio y una rebelión de masas que nunca llega, que me hace perder la esperanza y comenzar a pensar que efectivamente seamos “la generación perdida”.

Mientras llega el olvido, la nada absoluta, la carencia de todo ideal, es alentador sentarme a la lumbre de la candela, escucharte y ser tierra sembrada de tu voz, pues de todos los seres que me componen los más extremos son los que persigo, los que se consumen en la inercia ondeante de un pozo de profundidad limitada me son insípidos. Y hoy, me he reencontrado con viejos amigos gracias a ti y a muchos como tú, pues vivisteis intensamente, sin la mitad de las posibilidades que tenemos nosotros, hartos de ser braceros de los grandes señores, hartos de vuestras albarcas de caucho, recibisteis con los puños cerrados a la desesperanza, los ojos bien abiertos ante el fusil, o lo que es peor, ante el paredón que más tarde sería lienzo pintado de rojo.

 ¿Cómo se puede seguir sonriendo tras todo el horror? No me respondas, lo sé: Con la conciencia bien tranquila por haber luchado.

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